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Reflexiones sobre la Virgen Maria

Reflexiones sobre la Virgen Maria, madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

La intención de este sitio es de renovar y mantener la fe en las palabras de la Virgen Maria, que aun sin haber dejado el legado de un testamento o un apartado de la biblia, nos hace llegar sus pensamientos y guía por medio de los Mensajes Marianos.

Virgen Maria

La validez de estos mensajes quedaran siempre bajo el juicio de los lectores, sin embargo procedemos a publicarlos siguiendo la petición de nuestra amada Virgen Maria, quien con sus propias palabras nos pide repetir y distribuir estos mensajes que refuerzan nuestra fe, nos dan consuelo y guia, y perpetuan la palabra de Dios.

El misterio divino de Salvación que nos deja Jesús, inicia con el nacimiento de nuestro Dios de una madre de carne y hueso, a la que según la constitución Lumen Gentium proclama a venerar su memoria, como “Gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo”, que según el anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo y entregó la vida al mundo, es conocida y honrada como verdadera Madre de Dios Redentor; la verdadera “madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles”, por lo cual se considera nuestra Madre y auxiliadora, profesando como fe la palabra de nuestro Dios.

El Nacimiento de Jesus

Estas aseveraciones pueden ser atacadas por varias agrupaciones las cuales consideran la devoción de los santos como un error, cuando en realidad, ellos mismos aprecian a aquellos que les dejaron el legado de su fe, por tanto si podemos apreciar y honrar los sacrificios de los mártires y directores de nuestra fe, en que otro afecto podemos tener a nuestra Madre Santísima quien en sus propios brazos cobijó a nuestro Salvador Hijo único de Dios, La Virgen Santísima quien como ejemplo de bondad, sacrificio y resignación enjugó la sangre de nuestro Dios Jesucristo, antes y después de su calvario.

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No es extraño que entre los Santos Padres fuera común llamar a la Virgen, Madre de Dios, como una  Santa y libre del pecado, enmarcada por el Espíritu Santo y regenerada como una nueva criatura. La Virgen en Nazaret es saludada por un ángel por mandato divino como “llena de gracia” (cf. Lc 1,28), y ella responde “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Así María Virgen, aun siendo hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la salvación de Dios con generoso corazón se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la Persona y obra de su Hijo, por la gracia de Dios.

En la predicación de la misa se menciona “El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe”; y comparándola con Eva, llaman a María Madre de los vivientes, y afirman con mayor frecuencia: “La muerte vino por Eva; por María la vida”.

Recordemos que en la mayoría de las imágenes de la Virgen Maria aparece con el niño Dios, como muestra de que abraza y refuerza la palabra de Dios en todos sus aspectos. En otras imágenes la veremos con una imagen de dolor y sufrimiento al ver a su hijo cargando con los sufrimientos de toda la humanidad.

La Virgen en llanto

Mientras que la Iglesia en la Santísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta sin mancha (cf. Ef 5,27), los fieles, en cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado; y por eso levantan sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos, como modelo de virtudes, bondad e intercesión.

Maria Virgen, Maria Auxiliadora, tantas formas de llamarla que ha habido en las diferentes culturas y tiempos y que están enmarcados en el Santísimo Rosario:

Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

Amén!.


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